14.4.17

El 14 de abril, según Clara Ruiz


Hoy, 14 de abril, cuando se cumplen 86 años de la proclamación de la II República, os traigo un fragmento de mi novela La vida ha de seguir (memorias de Clara Ruiz) que viene del todo a cuento. (Por cierto, si queréis, podéis conseguirla aquí).

      El martes 14 de abril decidí salir, después de comer, con Ernesto y Juan Luis para caminar por los jardines de Recoletos y llegar a Cibeles. Había mucha animación en la calle; yo imaginaba que era por lo que estaba sucediendo, aunque no podía sospechar lo que iba a ocurrir en esa tarde memorable. 
      Fue mucho más de lo que me hubiese podido figurar. Era tal el tumulto que pedí a Ramona, que nos acompañaba, que se fuese con los niños a casa. 
      –¡Pero mamá, yo quiero ir a la fiesta…! –me dijo Ernesto lloriqueando. 
      –No, hijo. Hay demasiada gente y me da miedo que os despistéis o que os atropellen. 
      Insistí a Ramona para que se los llevase; la verdad, ella parecía igual de decepcionada que mi hijo por perderse la «fiesta»… 
      Una vez marcharon, me dirigí hacia la multitud que iba por la calle de Alcalá hacía la Puerta del Sol. En ese momento estaba en Recoletos, junto a la verja del Palacio de Buenavista, es decir, del Ministerio de la Guerra, en el que no noté movimiento alguno. Cuando llegué a Cibeles pude ver que en el Palacio de Correos ondeaba una gran bandera tricolor, igual que la que portaban muchos de los que, cantando y gritando consignas, ocupaban toda la plaza y rodeaban casi por completo la fuente desde la que la diosa Cibeles, impasible en su carro, les observaba. Los automóviles y tranvías ya casi no podían andar, tal era la cantidad de gente que había, pues a todos los que ya colmaban las calles se iban uniendo quienes salían de los cafés y otros establecimientos de la calle de Alcalá, entre ellos muchas mujeres. Vi camiones llenos de hombres y mujeres que ondeaban banderines rojos, cantaban y bailaban. Unos tarareaban la Marsellesa con sonidos casi guturales al no conocer su letra, otros la entonaban con un texto traducido, imagino que de forma improvisada por algún estudiante aventajado: 


Adelante, hijos de la Patria, 
el día de gloria ya llegó… 

      En el guirigay se mezclaban también las notas del himno de Riego y de la Internacional, del mismo modo tarareados antes que cantados por esa confusión de obreros, estudiantes, modistillas y simples paseantes que sobre la marcha se unían a la marea humana. 
      Aquello parecía un festejo popular, una verbena, antes que una manifestación política. Poco a poco me fui contagiando del enorme entusiasmo que me rodeaba, tanto que me impidió apreciar peligro alguno en esa situación, encontrándome sola en medio de unas turbas que no parecían estar controladas o dirigidas por nadie, con solo una idea: cantar, dar vivas a la República y dirigirse a la Puerta del Sol, en donde estaba el Ministerio de la Gobernación, el «centro de mando» para muchos, donde era presumible que estuviese el corazón de toda la cuestión y donde se resolvería de una u otra manera la situación causada por el terremoto electoral. 
      A duras penas conseguí avanzar por la calle de Alcalá. Al llegar ante la iglesia de San José tuve la grata sorpresa de encontrarme con Josefa y Rosalía. Venían desde el Lyceum, donde habían seguido los acontecimientos por la radio. 
      –¡Clara! ¡Qué alegría verte! –dijo Rosalía–. ¿Vas hacia Sol? 
      –Lo intento al menos –contesté–. ¿Vosotras también? 
      –Sí, y te acompañamos con gusto. 
      –¿Y Dory? 
      –Hoy tenía guardia y no ha podido venir… 
      En ese momento eché de menos a mis amigas. Tampoco estaban allí Violeta y Nancy, que se encontraban en Barcelona no recuerdo si presentando una exposición o el último poemario. A Carmen, por razones obvias, no cabía esperarla por allí. 
      Cruzamos como pudimos la Gran Vía y volvimos a Alcalá. La muchedumbre se apretaba más y más, cada dos por tres tropezábamos o nos chocábamos con alguien, cuando no dábamos algún pisotón, pero aquel día nadie se ofendía por ello, siempre se devolvía una sonrisa y una frase amable, que acababa con un espontáneo viva a la República. 
      Supusimos que, dados los resultados electorales, algún cambio político importante se habría de producir. Tal vez un gobierno de transición, en el que participasen algunos de los miembros más destacados de los partidos que habían triunfado, tal vez alguna otra fórmula. Lo que no sabíamos era que, como dijo algún esclarecido miembro del antiguo régimen, España se había acostado monárquica y se había despertado republicana, sin posible vuelta atrás. 
      Tras ímprobos esfuerzos, logramos llegar a la Puerta del Sol, que hervía en un jubiloso fervor ciudadano. Miles de personas daban vivas a la República, cantaban, gritaban consignas, subidas en los techos de los tranvías, enarbolando banderas tricolores. En medio de todo ese gentío, muy cerca del templete del metropolitano, acertamos a ver a Anselmo, que se intentaba abrir paso justo en el sentido contrario al que llevábamos nosotras. 
      –¡Anselmo! –le grité–. ¡Anselmo, aquí! 
      Anselmo miró hacia varios sitios hasta que nos localizó a las tres y, con una enorme sonrisa, se acercó a nosotras y nos abrazó y nos besó, creo que sin saber muy bien lo que hacía, exultante, embriagado. 
      –¡Han visto que maravilla! ¡Llegó la República! ¡Y en paz, sin pegar un tiro! 
      –¿Y cómo ha sido? –preguntó Josefa–. ¿No ha habido resistencia? 
      –No –contestó él–. Ha sido increíble lo que ha ocurrido. Se ha presentado en la puerta del Ministerio de la Gobernación Miguel Maura, uno de los miembros del Comité Revolucionario que ahora se va a convertir en Gobierno provisional. Los guardias civiles que había allí no sabían muy bien qué hacer, pero Maura, decidido, se ha plantado ante ellos y les ha gritado «¡Paso al Gobierno de la República!» y entonces se han cuadrado y le han hecho un pasillo de honor. Luego ha subido a los despachos, ha cogido el teléfono y, como le he oído decir a alguno de sus colaboradores, ha ido proclamado la República territorio a territorio, gobierno civil a gobierno civil… 
      –¿Entonces, la Guardia Civil no se ha opuesto? –preguntó Rosalía. 
      –No. Sanjurjo, su jefe, desde el principio se ha puesto a las órdenes del Gobierno Provisional. ¡Hemos ganado…! 
      Se veía eufórico a Anselmo. Se despidió de nosotras, ya que tenía que ir de inmediato al no muy lejano edificio del Ministerio de la Guerra, del cual se iba a hacer cargo su jefe político, el señor Azaña. Era de esperar que ocupase algún cargo de confianza en la nueva jerarquía de un ministerio tan importante para el país. Así que le dejamos marchar. Nosotras nos miramos, sonrientes, y desatamos también nuestro júbilo. Nos abrazamos, saltamos, cantamos, repetimos las consignas que coreaba la muchedumbre que nos rodeaba. Éramos conscientes de estar viviendo un momento histórico, único. Un pueblo había decidido en unas elecciones cambiar de régimen y dar un viraje decisivo a su devenir. Después de un rato largo en la Puerta del Sol, compartiendo la alegría de cuantos nos rodeaban, quisimos volver al club para comentarlo con las compañeras que allí estuviesen. Con las mismas dificultades que a la ida, atravesamos la Puerta del Sol y subimos por la calle Montera hacia la Red de San Luis. Luego cruzamos Conde de Peñalver y entramos en la calle de Fuencarral, por la que anduvimos, siempre esquivando a los numerosos grupos que seguían dirigiéndose al corazón de la capital, hasta que torcimos a la derecha hacia la calle de San Marcos para llegar a la sede del Lyceum. La verdad es que lo encontramos medio desierto, ya que, como es lógico, la mayoría de nuestras compañeras también había salido a la calle para celebrar el gran acontecimiento. Por tanto, me despedí de mis amigas y regresé a casa para ver cómo habían vuelto y cómo estaban los niños y para permitir a Ramona que se uniese al jolgorio si así lo deseaba. Salió tan deprisa como si la estuviese persiguiendo el diablo…

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