11.6.21
"Testigo imprescindible": Novela de la "fatiga pandémica"
15.12.20
Llegó el 15 de diciembre... Llegó el "Día de Garabitas"
Año raro este... En la primera entrada del olvidable 2020 hablé de orillar un tanto mis veleidades literarias y de tratar aquí más bien cosas prácticas relacionadas con mi verdadera profesión, la de bibliotecario. En parte lo cumplí, pero la maldita pandemia se puso por medio y el propósito se ha quedado más bien en eso, en un deseo. Ahora vuelvo a tener abandonado el blog, sin publicar nada desde agosto, pero... Ha llegado el 15 de diciembre, el que audazmente declaré hace ya tres años como el "Día de Garabitas". Os remito a esta entrada de 2017 para la explicación de esta osada frivolidad. Y a esta de justo hace un año para que leáis el primero de los capitulillos que tiene El cerro de Garabitas, mi segunda novela. En el mensaje de este año os voy a contar algo más de la historia de ese texto.
28.8.20
Novedad en Turnitin: Marcas de alerta
6.8.20
"Las hermanas Sutil": nuevo caso de la inspectora Susana Gutiérrez (en la pandemia)
Sigo con el paréntesis literario, propiciado por las vacaciones. Pronto volveré con otras cosas más serias y prácticas, pero dejadme que ahora os presente al último miembro de la familia, Las hermanas Sutil, el nuevo caso que ha de resolver mi querida Susana. Os voy a copiar aquí el prólogo que por primera y acaso por única vez he puesto a una de sus novelas (en seguida sabréis por qué), no sin antes indicaros que, como veis en la foto, hay un marcapáginas en el libro: se lo está leyendo mi chica, que es la crítica más implacable de mis garabatos (¡a ver qué me dice!...) Ahí va el prólogo, que a la vez sirve como presentación:12.5.20
Tres nuevos títulos (breve paréntesis literario)
La última vez que hablé de una de mis criaturitas literarias fue allá por el mes de septiembre. Desde entonces han visto la luz tres libros más sobre los que os voy a decir cuatro palabras en esta entrada.
La Quinta de Canillas



26.2.20
Cómo interpretar un informe de Turnitin (I)
29.1.20
Más sobre Turnitin: cómo excluir fuentes
21.1.20
"Turnitin Paper View Request": ¿Qué hago si me llega un correo con este asunto?
Aunque en la Universidad Carlos III de Madrid, en cuya biblioteca trabajo, se lleva utilizando Turnitin (un programa de control de plagio) desde hace muchos años, es ahora cuando se está empleando con más profusión. Creo que no es necesario mencionar los escándalos periodísticos que lo han traído al primer plano de la actualidad. Es muy probable que ello haya provocado que su uso en nuestras instituciones aumente considerablemente.
Aquí en mi universidad, por ejemplo, ahora es obligatorio que se emita el informe de coincidencia para que una tesis doctoral siga adelante con el procedimiento para su defensa. También empieza a ser común que los trabajos de fin de estudios, ya sean de grado o máster, pasen por este control.
De ahí que también empiece a ser común que a un docente le aparezca un mensaje de correo con asunto "Turnitin Paper View Request". Me han llegado algunas consultas al respecto, ya que el mensaje suele desconcertar bastante a quien lo recibe. Por eso voy a intentar explicar de qué va la cosa.
15.12.19
Otra vez 15 de diciembre, otra vez, "Día de Garabitas"
20.9.19
"Carambola": nuevo caso para la inspectora Susana Gutiérrez
Esta vez ha tardado más, pero ahí esta la duodécima novela que he dedicado a mi personaje predilecto, la inspectora Susana Gutiérrez. Poco os voy a hablar de ella, no sin indicar que esta vez me ha costado mucho sacarla adelante. En contra de mi costumbre, han sido muchos meses de gestación, con numerosos parones y ha habido que limar incoherencias y cambios de ideas que luego no fraguaron en el resultado final. Además, en estos meses que han pasado desde que en abril tecleé las primeras palabras ha habido momentos en los que el acto de escribir no ha tenido para mí el efecto catártico que siempre busco.
Por tanto, quiero más bien fijarme en el tipo de novela que es. ¿Policíaca? ¿Negra? Creo que ni lo uno ni lo otro, lo cual quizá sea buena cosa en esta época de superabundancia de escritores y dizque escritores (o de aprendices, como un servidor) de novelas de este género llegadas desde múltiples rincones del mundo y con un positivísimo auge de protagonistas mujeres. ¿Por qué digo que ni es policíaca ni negra? Los crímenes que resuelve mi inspectora no son más que excusas para hablar de lo que sucede a mi alrededor y expresar, por medio de ella, de sus compañeros y de sus amigos y familiares, lo que pienso sobre ello. En este caso me he explayado sobre las redes sociales, sobre su huida del mundo real, sobre las "estrellitas" de oropel que se forjan a su amparo, sobre los disparates y barbaridades que se dicen escondiéndose en su anonimato y, lo que es peor, el eco que los medios de comunicación considerados "serios" les dan, excesivo y peligroso. (Hasta me he inventado un nuevo oficio nacido a la sombra de Twitter, el de "buscamierda"). No se puede tomar lo que se dice en las redes como la vox populi, tal y como se hace hoy en día, porque luego nos podemos dar el baño de realidad en forma, por ejemplo, de resultados electorales inesperados para ciertos partidos muy presentes en las redes pero cuya vida fuera de ellas es más que precaria. Esto en el mejor de los casos, pues las redes sociales suelen dictar veredictos de culpabilidad que luego, aunque los cargos sean falsos, son imposibles de borrar del todo. Se han convertido en terribles altavoces de la típica charluza de bar o corrillo de escalera, que antiguamente no solían verter sus soeces excrecencias más allá de la entrada del establecimiento o el portal de la finca.
En todas las demás novelas protagonizadas por mi querida Susana he intentado tocar palos de este tipo. En ellas no solo se resuelven crímenes, se repasa ese mundo real del que tantas personas quieren huir. Me gustaría que la poquita gente que me lee se hubiese dado cuenta de ello...
Si queréis, podéis conseguir el libro, tanto en papel como en formato electrónico, en Amazon, como siempre, a precios populares.
17.7.19
El 18 de julio de 1936 en Madrid, según Clara Ruiz
5.3.19
"Asesinato en la embajada", un nuevo caso para la inspectora Susana Gutiérrez
Tenemos nuevo caso para mi querida inspectora Gutiérrez. Esta vez se enfrenta a un reto complicado, un crimen que se perpetra en el interior de una embajada, con todo lo que eso conlleva: extraterritorialidad, inmunidad diplomática... Se tendrá que empollar la Convención de Viena y también elegir entre el gran muestrario de enemigos de todo tipo que tenía la embajadora Astrid Nilsson (a quienes gusten de la música de Wagner les sonará este nombre).
En definitiva, aquí está la undécima novela que he dedicado a mi personaje predilecto. Como siempre, dentro de la trama policial propiamente dicha he ido dejando algunas pildoritas relacionadas con la actualidad que nos toca vivir. La hipocresía de los políticos, el odio como eje de las disputas entre partidos, la actuación de ciertas potencias extranjeras para desestabilizar las democracias occidentales por medio tanto del crimen organizado como de partidos extremistas... Lo habitual. Y también es habitual mi guiño a los Asperger por medio del personaje de Cris, la documentalista de la comisaría, que tiene su papel en esta historia.
Quienes tengáis la amabilidad y la paciencia de seguir estas entradas, podréis comprobar que ha habido un cambio de diseño en la cubierta del libro. Ello se debe a que Amazon ha trasladado su plataforma de autopublicación de Create Space a KDP y el editor de cubiertas es diferente. Ya no está la plantilla que yo utilizaba, así que ha habido que renovarse. Espero que sea para bien.
Si queréis leer esta historia, la tenéis tanto en formato Kindle (ahí podéis leer las primeras páginas) como en papel, a precios populares.
22.12.18
¡Felices fiestas!
Llega la Navidad, época de costumbres arraigadas, como la de felicitar a todo el mundo y tener los mejores deseos para el año que está a punto de comenzar. No voy a ser menos; ahora bien, voy a dejar que sea mi personaje más querido, la inspectora Susana Gutiérrez, la que os haga un modesto regalito: las primeras páginas de la sexta novela de la que es protagonista, Los papeles de Juana, una historia que justo arranca un 22 de diciembre y en la que mi inspectora tiene un doble desafío: investigar el asesinato de uno de los agraciados con el Gordo y la primera visita de los padres de su novio, Asís. Sirva esto no solo como felicitación sino como agradecimiento por mi parte a quienes seguís estás páginas. (Y de paso, como muestra de estas novelas, «a cala y a prueba», como decían en mi barrio los meloneros ambulantes de mi niñez). Allá va:
Ante la Navidad, no caben medias tintas: o te encanta o la odias. Yo pertenezco al primer grupo, pues siempre he disfrutado con esas fechas en las que se dispara el consumismo, se muestran con poco pudor determinados sentimientos que parecen aletargados el resto del año y todo el mundo se siente impelido a hacer cosas que en otros momentos ni se les ocurriría intentar porque lo impiden el sentido común y lo poco que queda en el bolsillo a fin de mes. Cuando diciembre avanza ya voy notando la aproximación de los días señalados, esos en los que el ambiente parece distinto, cuando el cielo velado de un año ya agonizante va a dejar paso al nuevo, en que el aire será más luminoso y límpido, después de la ceremonia casi pagana de la reunión familiar ante la tele para devorar doce uvas al son del reloj de la Puerta del Sol. Fue tal vez en la época en la que más distanciada estuve de mi familia cuando me di cuenta de estas cosas, que antes pasaban casi desapercibidas. Y por eso ahora lo vuelvo a valorar mucho más. Mi trabajo no me permite disponer de estos días de fiesta como yo quisiera, pero de unos pocos años a esta parte procuro disfrutar de las fechas más típicas de la Navidad con mi familia.
Además, este año iba a ser especial, pues los padres de Asís, mi novio, por fin se dignarían venir a Madrid desde su adorada Cartagena para pasar por primera vez tan entrañables días con nosotros y con mi familia, en un innecesario gesto de «formalización» del vínculo que ya desde hacía bastante tiempo nos unía. A mí tal cosa me importaba poco, pero sí quería que al menos nuestros padres se conociesen; no soy amiga de convenciones ni de ceremonias, pero no creo que hubiesen de seguir actuando como si Asís y yo no tuviésemos nuestras respectivas familias y, así, prescindiésemos de ellas.
Por tanto, ese día, 22 de diciembre, tenía una cita ineludible, que no era otra que acudir, junto a Asís, a la estación de Atocha a recoger a sus padres, que llegarían en el tren de las 14.16 proveniente de Cartagena. Pero, antes, por la mañana, había que ir a trabajar.
La comisaría parecía haberse contagiado de eso que llaman «espíritu navideño». No solo porque a alguno se le hubiese ocurrido poner un arbolito de Navidad y dos o tres guirnaldas raquíticas, sino porque, aprovechando la ausencia de la comisaria Menéndez, de viaje oficial en Argentina, había quien se había colocado un gorrito de Papá Noël e incluso varios compañeros se estaban permitiendo el lujo de seguir el sorteo de la Lotería en una de las televisiones que habitualmente usábamos para ver qué decían o, más bien, interpretaban a su manera los informativos de nuestras actuaciones. Tengo que confesar que en más de una ocasión, cuando acertaba a pasar al lado, me quedé embobada escuchando la habitual jaculatoria de los niños de San Ildefonso. «Miiiiil eeeeuros…» ¡Qué recuerdos me traía la dichosa cantinela! Hacía ya algunos años que no me había detenido ante una pantalla para verlo y aquella mañana ese gesto insignificante me retrotrajo a la niñez, cuando lo que se escuchaba era «ciento veinticinco miiiiil peseeeetas…» y yo tenía claro que ya habían empezado las vacaciones y con ellas las cenas y comidas con abuelos y primos, los regalos, las visitas a Cortylandia –en hombros de mi padre, para poder ver algo– y a los Reyes Magos para pedirles todo lo que se me ocurriera, es decir, todo lo que había visto en esos bonitos folletos llenos de preciosos juguetes que por arte de magia aparecían en nuestro buzón…
Fue mi compañero Mena quien me sacó de este ensueño.
–¿Todavía por aquí, Gutiérrez? –me dijo–. ¿No te ibas a buscar a los suegros?
–Aún no. He quedado con Asís en casa a la una y media. Tengo cosas pendientes.
–No creo que sea nada que no pueda esperar hasta mañana… Vete ya, mujer, son más de las once y media.
–Tengo tiempo… Pero, espera…
Interrumpí a Mena porque los niños acababan de indicar que iba a salir un premio de los grandes. Y tan grande… ¡Era el Gordo! Otro año que se había hecho de rogar… El niño y la niña, ambos de aspecto sudamericano, andaban marcando el paso y con una enorme sonrisa, una mano alzada con las bolitas y la otra situada en la espalda, hacia la mesa, donde otro grupo de sonrientes damas y caballeros esperaban para ratificar el premio. Con una rapidez que de pequeña –cuando la informática no se había hecho aún dueña de nuestras vidas– siempre me pasmaba, los locutores de la televisión apenas tardaron unos segundos en indicar los muchos lugares de España en los que se había repartido el premio. La Coruña, Sort (como no podía ser menos), Vitoria, Madrid, Écija, Villarrobledo, San Cristóbal de La Laguna… No tardaríamos en ver en esa misma pantalla a los afortunados saltando, riendo y brindando con cava o sidra en vasos de plástico para celebrar su suerte y luego decir que el dinero les iba a venir muy bien para tapar agujeros o ayudar a los hijos...
Una de las compañeras elevó su voz por encima del tumulto formado sobre todo por lamentos de los que no habían sido señalados por la fortuna.
–¡Anda, si también ha tocado por aquí!
–¿Cómo dices?
–Sí, creo que han dicho la administración número 645, «El pececillo de plata». ¿No es esa la que está…?
–En Trafalgar, al lado de mi casa –dije yo, desolada–. Ahí echo todas las semanas la Primitiva y compro la lotería de Navidad, pero me temo que de ese número no…
Era cierto, no es que fuese una gran jugadora de lotería; de hecho solo me hacía con algún décimo para Navidad por una costumbre adquirida en la universidad. Solía intercambiar participaciones con mis padres y mi hermano y con algunas amigas, algo que en realidad me servía para mantener el contacto con ellas aunque solo fuese por ese medio, es decir, la felicitación navideña que siempre acompañaba el papelito de la suerte. La verdad es que sentí cierta desazón… ¡Qué faena! Tantos años comprando allí y para una vez que toca, tengo otro número…
Poco me duró el mal sentimiento. En seguida y entre todos cumplimos con esa tradición que hace del primer día oficioso de las Navidades el de la «salud». Que, por supuesto, es lo que de verdad importa, mucho más que la fortuna. Y además, como todo el mundo sabe, en el sorteo de Navidad es en el que menos dinero toca…
–En fin, ahí os quedáis –dije a Mena–. Voy a ver si acabo un par de cosas que tengo aún pendientes y ya me voy.
Lo dicho, os deseo una muy feliz Navidad y un maravilloso año 2019.


























