21.4.06

¡Qué mal hablamos! (V)


A la vuelta de las vacaciones de Semana Santa prefiero dejar los dibujitos alusivos y realizar un homenaje a las torrijas en el encabezamiento de este mensaje. Una introducción dulce y agradable para un nuevo recuerdo de aquellos ya casi lejanos mensajes sobre el mal uso del lenguaje que gentes con torrijas mentales suelen hacer. En el siguiente, fechado el 7 de noviembre de 1998, yo insistía en el debate sobre el nombre más adecuado para quienes se acercan a utilizar nuestros servicios, comentando una serie de respuestas que se habían hecho a mi mensaje anterior. Asimismo insistía en que mi nombre favorito era "lectores", cosa que hoy en día no tengo tan clara. (Y en el último párrafo se dice que los libros son lo fundamental de nuestras colecciones, cosa que no ha dejado de ser cierta pero ya no es tan cierta). Helo aquí:

En el último mensaje planteaba la duda sobre cómo nominar a quienes se acercan a disfrutar de nuestros servicios. Daba tres opciones: cliente, usuario y lector, y además mi opinión sobre cada una de ellas. Voy a profundizar un poquito, al hilo de dos respuestas que recibí.

Empecemos con “cliente”. Desde Uruguay, Mónica Bottigliero defendía su uso porque nuestra actividad profesional ya no se puede circunscribir a las bibliotecas. Muchos se pueden dedicar a la profesión de forma liberal y cobrar por sus servicios. En ese caso, nada que objetar. El Diccionario, en su definición número dos, dice: “Persona que utiliza con asiduidad los servicios de un profesional o empresa.” Por tanto, se ajusta perfectamente a lo que dice Mónica. Pero yo me estaba refiriendo a las bibliotecas. A mí no me gusta el uso de esa palabra con relación a nuestras instituciones, que se supone que carecen de ánimo de lucro. El Diccionario, sin embargo, deja un resquicio de “legalidad”, porque, si nos atenemos a su cuarta definición, un cliente es, por extensión, una “persona que compra en un establecimiento o utiliza sus servicios”. Me quedo con la segunda parte de la frase: Utiliza los servicios de un establecimiento. Un establecimiento, siempre conforme al Diccionario, puede ser (definición tercera) una “fundación, institución o erección; como la de un colegio, universidad, etc.” Acaso esto sea rizar el rizo. Recordemos que el Diccionario pretende ser la norma de recoja todas las posibles acepciones. No obstante, en la lengua usual, resulta enrevesado aplicar el último arabesco expuesto. Vayamos a diccionarios de uso del idioma, como los de María Moliner o Casares. Doña María dice que un cliente es “respecto de una persona, otra que utiliza sus servicios profesionales” (totalmente de acuerdo con las ideas de Mónica, pero no aplicable a una institución donde no se usan servicios profesionales de un solo individuo) y por otro lado “comprador. Consumidor. Parroquiano. Respecto de un vendedor o un establecimiento comercial, persona que le compra o que compra en él” (definición segunda). Es decir, nada que sirva a nuestro caso. Siempre la connotación comercial, el ánimo de lucro del que carecemos en las bibliotecas públicas (pagadas por los contribuyentes, quiero decir). Casares da una definición muy semejante: “Respecto del que ejerce alguna profesión, persona que utiliza sus servicios, y respecto de un comerciante, comprador habitual.” Lo mismo; perfecto para el sentido que muy acertadamente le da Mónica, pero rechazable de plano para una biblioteca que no cobra por sus servicios. Es un flagrante anglicismo como otros muchos que ya se han comentado.
Client, según el Webster (definición 2c) es a person served by or utilizing the services of a social agency or a public isntitution. O sea, muy bien aplicado en inglés, pero fatalmente traducido al español.

Como ya me he extendido mucho, sobre “usuario”, cuyo empleo fue defendido por David Rodríguez, de la Universidad Carlos III, sólo voy a reproducir una cita del magnífico libro
El dardo en la palabra, de Fernando Lázaro Carreter (vuelvo a recomendar su lectura):

“De pronto, la palabra ‘usuario’ se ha salido de madre y se ha esparcido con rapidez por campos ajenos (...) Una verdadera desgracia, porque así languidecen y se esfuman voces de suma utilidad que en paleoespañol permitían distinguir matices y expresarse mejor. Lo ejemplifica a la perfección este ‘usuario’: acaba de debutar en su nuevo papel, y ya nos tiene a muchos hasta las glándulas (...) Los que antes eran automovilistas o conductores y los enfermos, bañistas o parroquianos son ahora ‘usuarios’. Y también quienes tomamos taxis, paseamos por los parques o bebemos agua sin gas; pronto serán eso los clientes de un establecimiento bancario, de un restaurante, de una peluquería, de un otorrino, los lectores de periódicos, los compradores de amor, los alumnos de un cole, los drogadictos, los fieles de un templo, los aficionados al boxeo o a la boina...: el sinfín enorme de quienes nos servimos de algo, lo utilizamos, frecuentamos o empleamos: todos de uniforme, todos ‘usuarios’.”

Dicho esto, reitero que me quedo con “lectores”. Cierto es, como bien me dice David Rodríguez, que lectores son también los de los periódicos, manuales de programas de ordenador o prospectos de aspirina, pero el uso de esta palabra referida a quien utiliza las bibliotecas no es nuevo ni me lo he inventado yo. Además, es verdad que hay muchas otras opciones para encontrar información en nuestros centros (vídeos, discos de música, etc.), pero son los libros lo fundamental de nuestras colecciones. Y si deja de ser así, en lugar de bibliotecas llamémonos de otra manera.

1 comentario :

Odd Librarian dijo...

Pues no es por nada amigo Mixo, pero eso de "que vienen a usar nuestros servicios" a mí me suena a "gente que viene aquí a mear". Odio el uso de estas palabras: usuario, servicios. Un servicio es un retrete, de Quevedo para esta parte. Y usuario a mí me sigue remitiendo a tranviario, o a usufructuario, o a osario, o a palbras aún más feas. Ele.