25.1.07

Mario y los tumultos en época de exámenes


Mario siempre pensaba que lo que se conoce como "época de exámenes" no se caracteriza precisamente porque los estudiantes hayan de demostrar lo que han aprendido en unas pruebas orales o escritas, sino porque, cada vez más, en ella mostraban sus instintos más reptilianos. Recordaba un incidente que ocurrió en cierta ocasión (ni siquiera había exámenes cercanos, eran los días previos a las vacaciones de Navidad, cuando se suelen aumentar los plazos de préstamo), cuando dos alumnos, chico y chica, compitieron por sacar el mismo libro. La chica era más alta, el libro estaba en la última balda y ganó por la mano al chico. Ambos se dirigieron al mostrador de préstamo, con el chico haciendo una especie de "marcaje" a la chica. Ya ante Mario, él le pregunto a ella:

-¿Lo piensas tener prestado todas las vacaciones?
-Sí.
-Pues... ¡ojalá se te atragante!

También recordaba ese grupito de "listillos" que, tras hacer cola para entrar, tomaban al asalto los mejores puestos de lectura (en los que ni siquiera se permitía estudiar, pues estaban reservados para la consulta de revistas u obras de referencia) para luego, de inmediato, salir a la cafetería y no volver en una hora. Cierta vez Mario se hartó y les retiró sus pertenencias. Al volver y encontrar los puestos ocupados por otras personas, uno de estos seres se puso a vociferar como un loco y le gritó a Mario:

-¿Pero tú sabes desde que hora estoy haciendo cola para entrar?

Mario, que cree mucho en Santa Rita, intentó explicar al adolescente tardío que una biblioteca es más que una sala de estudio... Le llegó a preguntar, ingenuo de él, si sabía realmente para qué sirve una biblioteca, a lo que el otro respondió:

-¡Sirve para estudiar y hoy por tu culpa no lo voy a poder hacer! ¡En tu conciencia queda!

(Mario durmió perfectamente esa noche)

Pero esto no fue nada con la que se montó el día en que la Universidad decidió, ante las aglomeraciones y las quejas de los estudiantes, regular la entrada de alumnos de otros centros a su biblioteca. Nada más poner el anuncio, que venía avalado con la firma de todos los vicerrectores responsables de las bibliotecas universitarias de la región, empezaron a acercarse a su mostrador hordas de estudiantes indignados que invocaban nada menos que la Constitución y la igualdad entre todos los españoles para quejarse de la medida. Otros eran más comedidos y se limitaban a decirle a Mario: "esto ya lo veía yo venir. En la biblioteca de mi facultad lo llevan haciendo varios años..."

Llegaron a aparecer carteles convocando a los "afectados" a una concentración con lanzamiento de huevos a la fachada de la biblioteca incluidos. No se llegó a producir, pero sí metió el miedo en el cuerpo a Mario y a sus compañeros. ¡Tan imprevisible podía llegar a ser un "apuntófago" sin sitio para ejercer su vicio!

Lo peor vino el día en que se hizo efectiva la medida. Se restringió el acceso durante las primeras horas de la mañana a los alumnos de la propia universidad. Ese día, un grupo bastante numeroso de alumnos de otros sitios se agolpaba a la entrada para ejercer eso tan español del "por si cuela". Pero no coló. Los vigilantes jurados empezaron a pedir el carné y se desató el tumulto. Un grupo de unos 30 energúmenos, al grito de "¡fascistas!" rodeó a la directora de la biblioteca y la acorraló contra una pared del edificio. Mario llegó a temer que la lincharan. Algunos de estos alumnos incluso llamaron a la policía porque no se les dejaba entrar (lógicamente, los agentes llegaron, vieron el percal y se marcharon: allí no pintaban nada). Por suerte al final se fueron no porque entraran en razón, sino porque no les quedó otro remedio. Eso sí, hubo quien al final se enfrentó al vigilante jurado llegando a chocar con él y, al irse, se despidió haciendo el saludo "alla romana".

Mario, que tampoco hacía tanto que había terminado sus estudios, no podía entender estas actitudes y pensaba "¿de verdad les exigen tanto o es que esta generación está idiotizada?" Difícil respuesta para una difícil pregunta...

(P.S.- Este tipo de cosas no suele salir en la prensa. En estos días, las bibliotecas sólo existen en los medios de comunicación porque amplían sus horarios. Terrible.)

4 comentarios :

Alvaro Roldán dijo...

En la biblioteca de mi facultad tenían habilitada una zona de estudio que superaba la superficie del resto de sus instalaciones. Aun así se llenaba en época de exámenes. Pero se llenaba, creo yo, porque no todas las bibliotecas de la universidad estaban pensadas para acoger estudiantes con apuntes.

Estos tumultos no se generan por culpa de los estudiantes (eso no quita que algunos sean imbéciles) sino por malas políticas. La solución no es prohibir la entrada, sino darles salas de estudio, pero lo primero es más barato que lo segundo.

Mixolidius dijo...

No estoy de acuerdo. Yo comparo esta situación a la de la vivienda: por mucho que en la Constitución se establezca el derecho a la vivienda, el Estado no puede garantizar (porque es imposible) una vivienda digna para todos (lo que no quita que tenga que esforzarse en ello: pero si tres millones de personas necesitan piso el Estado no puede construir tres millones de pisos en un sistema de economía de mercado). Si en un campus universitario hay 8.000 alumnos y, al estar en pleno centro de una ciudad de 180.000 habitantes podría haber unos 20.000 usuarios potenciales más, es imposible acoger a todos en sus salas, por mucho que se desee. Si hay 800 puestos de lectura ésas son las personas que caben, no 28.000. Las malas políticas son las que llevan a los estudiantes a la "apuntofagia", uno de cuyos efectos secundarios es la búsqueda irracional de sitio, que algunos llegan a considerar una especie de derecho constitucional y algo por lo que se pelean, insultan o lo que haga falta. Y otro es equivocar completamente la misión de la biblioteca. O si no, ¿por qué piden a la biblioteca que "abra aulas" cuando ya no hay sitio? ¿Es misión suya? ¿Por qué han llegado a pedir que la biblioteca organice las colas que montan para entrar, cual primer día de rebajas, para invadir las salas de lectura?

Alvaro Roldán dijo...

Yo en ningún momento he dicho que sea responsabilidad política de la biblioteca. Es más, creo que no lo es. Es responsabilidad de la Universidad que todos sus alumnos puedan disfrutar de unos servicios dignos. Y entre esos servicios dignos debe haber instalaciones suficientes para poder favorecer su aprendizaje, y supongo que eso debe incluir darles facilidades de estudio.
Aun así, creo que hay iniciativas que sí son responsabilidad de los responsables de la biblioteca. En el caso de las bibliotecas universitarias es, entre otras muchas, hacer ver a las autoridades universidades competentes la necesidad de aulas de estudio no gestionadas por la biblioteca. En el caso de las no universitarias en zonas con mucha masa de estudiantes, supongo que deberán contemplar darles servicio (sin tener que darles todo el espacio para el estudio, vale), igual que a los niños del barrio habrá que atenderles y para ello deberá existir cierto diálogo con los colegios de la zona (no vamos a decirle al niño que viene a hacer un trabajo que se vaya a dar por saco a la biblioteca de su colegio o que le diga a su mamá que le compre una enciclopedia).

Por cierto, si los políticos son incapaces de ofrecer una vivienda digna para todos, que lo quiten de la Constitución (esa de la que se les llena a todos la boca al hablar y de la que exigen su cumplimiento para muchas otras cosas).

Mixolidius dijo...

Lo de la vivienda en la Constitución es una de las muchas "cagaditas" que contiene ese texto, pero bueno...

Me quedo con tu frase referida a los niños que vienen a hacer un trabajo a una biblioteca pública. En las llamadas "épocas de exámenes", ¿hay que decirles que se vayan a su casa, porque en la biblioteca no hay sitio ya que estamos dando servicio a los "apuntófagos"? ¿Que no tiene mesa para consultar esa enciclopedia porque están llenitas de hojas subrayadas? Sigo diciendo que la única cosa que jamás podrá ofrecer una biblioteca es sitio para todos al mismo tiempo. Es imposible. Por eso es fútil exigirlo como un derecho.